Los libros y un viaje a las razones de la vida

Quedan aún tantos libros por leer que uno de mis deseos más sinceros es tener más tiempo para poder leerlos.
POR ANDREA VARGAS

Mi historia con los libros es bien vieja. Hay en mi haber varias anécdotas que pueden llegar a transmitir diferentes sensaciones, evocar distintos recuerdos o despertar fantasías e imaginarios de los cuales no puedo hacerme responsable porque eso ya depende de quién los lee.

Como los libros no caminan solos, sino que siempre hay algún mediador que los acerca o los aleja, cada uno de ellos viene de la mano de alguien que ha dejado alguna huella en mi vida.

Al vicio no son 46 años que sostengo con gozo cuando me toca hablar o escribir de libros o lecturas. Decir la edad puede sorprender o puede generar resignación. En mi caso es felicidad. Quedan aún tantos libros por leer que uno de mis deseos más sinceros es tener más tiempo para poder leerlos…pero sé también que eso es un deseo, la motivación de mis días y quizás el combustible diario para poder sobrevivir en este mundo que a veces se torna hostil y mentiroso.

No es fácil disponer de todo el tiempo para dedicarse con exclusividad a la lectura y a la escritura. En mi caso, mi elección por la maternidad y por la profesión docente me han costado temporadas largas de no poder hacer lo que me gusta. No me arrepiento.

La dicha de criar tres hijos me ha dado otras lecturas sobre la vida y sobre los tiempos sin negar que a veces he entrado en tensión sobre todo cuando los niños han sido más pequeños y han necesitado de toda mi atención y cuidado como mamá (ese ha sido el momento de dejar las novelas largas y optar por los cuentos cortos y descubrir el maravilloso mundo de la literatura infantil).

Siempre me han gustado y me han obsesionado los libros. Tengo recuerdos de verme sentada extasiada al lado de mi maestra de jardín de infantes cuando ella usaba un mimeógrafo o una duplicadora al alcohol para hacer copias y el texto salía con su letra en color azul, mientras mis compañeros corrían, saltaban y se trepaban a las hamacas o al tobogán.

Ella me pedía que fuera a jugar como los otros niños pero yo me quedaba a su lado. Me fascinaba lo que hacía. Iba poco y nada al rincón de la cocina y no tengo presente otros espacios. Me las ingeniaba para no rotar y quedarme en el rincón de los cuentos (tengo grabada la imagen de la hormiga viajera con su vestido rojo a lunares blancos, tanto así que mi mamá, hábil en el bordado me hizo una, preciosa y delicada como todas las cosas que hizo y sigue haciendo en tela y cerámica).

Los libros. Las palabras. Su sonido. Es mi cordón umbilical a ese mundo al que vuelvo siempre para encontrar las razones de mi vida. Mi vida parece hecha sobre la base de palabras. No encuentro otros elementos que me hayan provocado tanta devoción como ellas. Disfrutaba mucho también la hora de música, quizás porque el sonido de las palabras me hacía sentir la alegría de un juego que jugaba a solas. Es crucial su sonido para cada persona.

Las palabras tienen su ADN. No son iguales entre sí ni parecidas a otras lenguas. Cada una carga con el peso de su propia historia y según cómo se combinen, van a hacer un retrato de vos. A eso lo tuve clarísimo siempre. Recién en estos últimos años he podido darle forma a esa idea.

Otro día contaré en qué me gasté mi primer sueldo, qué me regalaba una abuela para mi cumpleaños, qué llevaba en la mochila que pesaba tanto, qué leía a escondidas en las siestas de verano dolorenses, qué deseaba acunar entre mis brazos, por qué estudié letras, qué descubrí en la casa de los abuelos riojanos…qué sentí y siento con un libro que presté hace años y nunca lo volví a ver.

Qué siento cuando alguien que estudia para ser docente me desafía y me dice que no le gusta mucho leer. Qué parte de mi vida se hace y se deshace en palabras. Qué me pasa cuando alguien entra a la librería y dice “qué caro”…quizás por eso el año que pasó caracterizado por la virtualidad me hizo volver a lo esencial: acariciar la tapa y el lomo de un libro, cerrar los ojos, olerlos de nuevo, cargarlos con cariño, llevarlos conmigo, poner el cuerpo y defenderlos.

Los libros son la tierra donde siempre he sido dichosa. Lo demás apenas si son recortes de hogueras de pequeñas vanidades.

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