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¿Esenciales, necesarios, imprescindibles o inmortales?

Salud y educación son vistos como servicios esenciales, pero no justifican la muerte heroica al estilo película pochoclera. No me veo en ese rol ni me interesa tampoco ver a colegas y personal de salud en esas escenas.
POR ANDREA VARGAS

Dije que no iba a leer comentarios estúpidos sobre nuestro trabajo docente y sobre nuestra presencialidad, pero es inevitable detenerse en algunos. Ante el pedido del cese de clases presenciales, una mujer opina que si morimos dando clases es parte de nuestra vocación morir en servicio al igual que los médicos que saben de antemano que es el riesgo que corren al atender enfermos. ¿Por qué la traigo a cuenta? Porque para mí resume la idea social del individualismo más rancio. Idea peligrosa que se va abonando para que salte hacia lugares impredecibles de violencia y autodestrucción. Ella agrega además que como comerciante sabe que le puede pasar lo mismo, pero si se muere un comerciante por contagio, hay que seguir trabajando. Es interesante detenerse en sus palabras y analizarlas con la cabeza bien fría. De modo personal me desagrada y mucho y no quisiera conocerla. Pero me despierta curiosidad y la necesidad de volver a hablar de abandono por parte del estado en todos sus niveles.

Salud y educación son vistos como servicios esenciales, pero no justifican la muerte heroica al estilo película pochoclera (no me veo en ese rol ni me interesa tampoco ver a colegas y personal de salud en esas escenas). Como servicios “ella” en algún momento los habrá usado, pero qué experiencia habrá tenido para mostrar tanto desprecio por la vida de otros…la verdad, mi verdad es que no estoy tranquila yendo de una escuela a otra en medio de rumores, secretos guardados, informaciones negadas y ausencias que preocupan…y le sumamos en estas semanas la necedad incurable de quienes deberían cuidarnos y no lo hacen.

Lo que está en juego en este momento es la salud. No hay discusión. Pero no sólo la salud del cuerpo sino también la salud mental. Y a esta última la cuidamos en parte con los mensajes que aceptamos o rechazamos porque de esos mensajes tremendos y lamentables el alma o el espíritu se llena e influye en las emociones que ponemos en juego en la vida diaria.

Observo con respeto y con mucha tristeza lo que opinan otros. Respeto porque es alguien que hace uso de su derecho a la palabra pero tristeza cuando la finalidad que trasluce es la violencia y la sordera de quien no puede o no sabe escuchar.

Hay un término que nos hace pensar en esas opiniones que no son inocentes: la palabra esencial. Intuyo porque no tengo la prueba concreta de que quien ingresó con esos comentarios buscaba instalar en este debate que luego se cristalizó después del anuncio presidencial y la publicación del decreto del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, que la presencia en las aulas es esencial…puede ser. No lo estaría corroborando en estos momentos porque desde que empezamos el ciclo lectivo, ya he pasado por varias experiencias en la bimodalidad. Y, si bien es cierto que el vínculo humano es parte de nuestro trabajo semanal, en esta circunstancia es muy estresante. Y no lo digo por los niños y los adolescentes que en su gran mayoría (el 99,99%) son un ejemplo a destacar con nuestra guía y la de algunos padres…lo digo por los discursos armados detrás de los escritorios y que van marcando en forma errática un plan para actuar con responsabilidad.

Todo esto vuelve a mostrar la escasa empatía de muchos adultos que no pueden o no han aprendido a ver más allá de sus ombligos. O, en el peor de los casos, la malicia de algunos escondidos en falsos perfiles para poner en escena decires u opiniones que estarían avalando estas medidas tremendas y gozando al ver cómo se enciende la mecha de la destrucción de lo poco que va quedando como refugio de la cordura.

A mis alumnos siempre les digo que ningún emisor es inocente al expresar su mensaje…todos tenemos intenciones más o menos claras al aportar nuestras palabras. Como receptores estemos atentos y aprendamos a leer cuando alguien busca destruir o construir desde su propio lenguaje. No me considero esencial, sí, mi salud.

Nunca Más un libro prohibido

Hoy, 24 de marzo, me desperté tratando de hacer memoria acerca de los libros que fueron prohibidos. Me inquieta siempre esa idea. La de saber por qué hay o hubo alguien que armó una lista con títulos para que no se leyeran o se quemaran.
POR ANDREA VARGAS

Un libro. Decena de libros. Centena de libros y siempre el mismo temor humano. Que digan algo que no nos gusta, que nos haga pensar, que nos movilice los sentimientos y las ideas, que nos desarme y nos vuelva a armar. Que refleje nuestros fantasmas y nos de horror. Que refleje nuestras luces y nos de satisfacción. El libro es un objeto cultural donde el hombre deja por escrito, como una huella su propia historia y sus pareceres acerca de ella. No debería sorprendernos el aporte que hacen miles de personas cuando deciden dejar a través de un código escrito lo que piensan después de haber leído mucho, mucho, mucho. Si debería sorprendernos y ponernos en alerta cuando alguien o algunos saltan y lo primero que pretenden hacer es censurarlos porque molestan, porque pueden decir algo que no nos gusta, porque le puede gustar a muchos. Un libro es un objeto cultural que bien podría ser definido como un instrumento para que las ideas circulen con libertad. Y punto.

Actualmente, el libro, sigue generando fascinación y temor. Soy una defensora a ultranza de los libros en general. Leo y selecciono lo que va a quedar en mis estantes y en mi memoria. No me preocupa quedarme con algunos y desechar otros pero jamás le prohibiría a alguien que lea lo que a mi no me gusta. ¿Cuál sería mi intención? Fácil, que no piense por sí mismo, que repita lo que le digo, que no pueda debatir, que no pueda elegir. Sí, aconsejaría qué leer aunque ya sabemos cómo terminan los consejos cuando no son pedidos…

Al comienzo de mis clases de literatura siempre les digo a mis alumnos que la materia no se aprueba si no se lee. Para aprobar hay que leer. Y me miran con los ojos redondos de asombro o achinados de desconfianza. Salta alguno y dice, envalentonado/a que la materia ya la tiene aprobada porque lee desde la primaria. Sonrío y apuesto una ficha más…y los invito a discutir. Silencio y es terrorífico y a la vez desafiante. Será un año interesante porque se leerán textos y no quedaré tranquila hasta que puedan hablar sobre ellos. Hasta que puedan decirme por qué les ha gustado o por qué los han rechazado. Es maravilloso ver ese proceso. Sólo hay que tener la paciencia que muchos no comprenden.

Para eso sirven los libros. Para aprender a pensar. Para aprender a elegir. Para aprender a ser. Para saber que hay siglos de cultura estudiada, aprendida y expuesta en las páginas. Si alguien, algunos o yo censurara esas páginas, estaría robándole a la memoria parte de la historia. Hace años que no discuto con gente que empieza sus argumentos con insultos…de entrada ya me doy cuenta que no hay muchos libros en su haber (y siento compasión). Ojo! Soy a veces, bocasucia, descuidada pero siempre en el plano de la familiaridad que, obvio, no tengo con todos. Detecto rápido el piedrazo lanzado con el impulso de la reacción y no del pensamiento. Leer lleva tiempo y mucho…escribir un libro también.

Hoy, 24 de marzo, me desperté tratando de hacer memoria acerca de la lista de los libros que fueron prohibidos. Me inquieta siempre esa idea. La de saber hasta el fondo por qué hay o hubo alguien que armó una lista con títulos para que no se leyeran o se quemaran. Salta como una alarma en esos “decretos” la palabra “imaginación”…peligrosa. Valga mi homenaje a los libros que están en mis estantes, que comparto con mis alumnos, que le leo a mis hijos. Los libros que supieron esconder muchos para que no se perdieran. No hay que tenerle miedo a los libros; hay que estar alerta ante aquellos que dicen “saber” qué leer o no.
NUNCA MÁS un libro prohibido.

Realidad vs expectativa: a pelear contra los molinos de viento

Volver a la escuela es un riesgo. Los molinos acechan, despiadados pero yo ya estoy montada en mi caballo. Iré despacio, midiendo el tranco. Tengo miedo, pero no por el encuentro con mis polluelos, sino por la salud.
POR ANDREA VARGAS

Entiendo cada argumento y explicación de todos los especialistas sobre salud y educación sobre cuidados. Comprendo esa ansiedad (a veces distorsionada) de familias que presionan para que sus hijos estén sentados en un aula.

Sí, me pongo en varios lugares y voy decidiendo dónde quedarme un rato más o de dónde salir huyendo. Junto mis pedazos 2020 y trato de armarme para este 2021. Tengo esperanza, jamás la he perdido.

Extraño el aula y esos ojos asombrados, dolientes, risueños, indiferentes, pícaros, atentos pero siempre adolescentes. Reviso qué les puedo acercar que les guste, que los inquiete, los desafíe.

Guardo y planifico mientras cuelgo la ropa, cocino, en los tiempos muertos de la librería…me voy envalentonando y calibro mis orejas para poder escucharlos (con el barbijo puesto se me va a dificultar un poco y lo peor es que soy de las que se bajan el propio creyendo que voy a escuchar mejor).

Levanto mi armadura, desempolvo mis libros en forma de bayoneta esperando tocar el corazón de alguien, me visto de Quijote porque me alimento de sueños y palabras.

Preparo mi vida y me siento capaz de derrotar cada uno de los molinos de viento (aunque sé cómo termina ese episodio)…terca también en el avance. Pero se cuela en esta historia un evento sorpresa.

Mi Sancho, mi sabio realista, el que siempre ha estado con su consejo y su cuidado. En medio del alboroto con tanta expectativa puesta en el regreso, mi padre que lo único que me dice es “cuidate mucho y cuida esos alumnos”. Se me desarma la armadura.

Volver a la escuela es un riesgo. Los molinos acechan, despiadados pero yo ya estoy montada en mi caballo… iré despacio, midiendo el tranco.

Tengo miedo, pero no por el encuentro con mis polluelos, sino por la salud (“el que se quema con leche cuando ve una vaca llora”, imagino que diría Sancho), para qué lo voy a negar. Por eso la armadura… pesa. Como cualquier caballero andante, en este caso sería una dama andante, la Dama de Azul, me encomiendo a Dios y a todos sus santos. El lunes, con el primer rayo de sol saldré a ver qué cara tienen los molinos de viento.

Los libros y un viaje a las razones de la vida

Quedan aún tantos libros por leer que uno de mis deseos más sinceros es tener más tiempo para poder leerlos.
POR ANDREA VARGAS

Mi historia con los libros es bien vieja. Hay en mi haber varias anécdotas que pueden llegar a transmitir diferentes sensaciones, evocar distintos recuerdos o despertar fantasías e imaginarios de los cuales no puedo hacerme responsable porque eso ya depende de quién los lee.

Como los libros no caminan solos, sino que siempre hay algún mediador que los acerca o los aleja, cada uno de ellos viene de la mano de alguien que ha dejado alguna huella en mi vida.

Al vicio no son 46 años que sostengo con gozo cuando me toca hablar o escribir de libros o lecturas. Decir la edad puede sorprender o puede generar resignación. En mi caso es felicidad. Quedan aún tantos libros por leer que uno de mis deseos más sinceros es tener más tiempo para poder leerlos…pero sé también que eso es un deseo, la motivación de mis días y quizás el combustible diario para poder sobrevivir en este mundo que a veces se torna hostil y mentiroso.

No es fácil disponer de todo el tiempo para dedicarse con exclusividad a la lectura y a la escritura. En mi caso, mi elección por la maternidad y por la profesión docente me han costado temporadas largas de no poder hacer lo que me gusta. No me arrepiento.

La dicha de criar tres hijos me ha dado otras lecturas sobre la vida y sobre los tiempos sin negar que a veces he entrado en tensión sobre todo cuando los niños han sido más pequeños y han necesitado de toda mi atención y cuidado como mamá (ese ha sido el momento de dejar las novelas largas y optar por los cuentos cortos y descubrir el maravilloso mundo de la literatura infantil).

Siempre me han gustado y me han obsesionado los libros. Tengo recuerdos de verme sentada extasiada al lado de mi maestra de jardín de infantes cuando ella usaba un mimeógrafo o una duplicadora al alcohol para hacer copias y el texto salía con su letra en color azul, mientras mis compañeros corrían, saltaban y se trepaban a las hamacas o al tobogán.

Ella me pedía que fuera a jugar como los otros niños pero yo me quedaba a su lado. Me fascinaba lo que hacía. Iba poco y nada al rincón de la cocina y no tengo presente otros espacios. Me las ingeniaba para no rotar y quedarme en el rincón de los cuentos (tengo grabada la imagen de la hormiga viajera con su vestido rojo a lunares blancos, tanto así que mi mamá, hábil en el bordado me hizo una, preciosa y delicada como todas las cosas que hizo y sigue haciendo en tela y cerámica).

Los libros. Las palabras. Su sonido. Es mi cordón umbilical a ese mundo al que vuelvo siempre para encontrar las razones de mi vida. Mi vida parece hecha sobre la base de palabras. No encuentro otros elementos que me hayan provocado tanta devoción como ellas. Disfrutaba mucho también la hora de música, quizás porque el sonido de las palabras me hacía sentir la alegría de un juego que jugaba a solas. Es crucial su sonido para cada persona.

Las palabras tienen su ADN. No son iguales entre sí ni parecidas a otras lenguas. Cada una carga con el peso de su propia historia y según cómo se combinen, van a hacer un retrato de vos. A eso lo tuve clarísimo siempre. Recién en estos últimos años he podido darle forma a esa idea.

Otro día contaré en qué me gasté mi primer sueldo, qué me regalaba una abuela para mi cumpleaños, qué llevaba en la mochila que pesaba tanto, qué leía a escondidas en las siestas de verano dolorenses, qué deseaba acunar entre mis brazos, por qué estudié letras, qué descubrí en la casa de los abuelos riojanos…qué sentí y siento con un libro que presté hace años y nunca lo volví a ver.

Qué siento cuando alguien que estudia para ser docente me desafía y me dice que no le gusta mucho leer. Qué parte de mi vida se hace y se deshace en palabras. Qué me pasa cuando alguien entra a la librería y dice “qué caro”…quizás por eso el año que pasó caracterizado por la virtualidad me hizo volver a lo esencial: acariciar la tapa y el lomo de un libro, cerrar los ojos, olerlos de nuevo, cargarlos con cariño, llevarlos conmigo, poner el cuerpo y defenderlos.

Los libros son la tierra donde siempre he sido dichosa. Lo demás apenas si son recortes de hogueras de pequeñas vanidades.

¿En qué nos convertimos las mujeres con los años?

No debería importarme lo que piensa un joven sobre las mujeres casadas o, ¿si? No debería ser tan curiosa, ¿no? Pero el codazo de su amigo para que bajara la voz o se callara, se me figuró como una señal de alarma.

EN PRIMERA PERSONA – POR ANDREA VARGAS

Sábado a la noche. El plan consiste en salir a cenar a algún lugar que les guste a los chicos. Les toca decidir a ellos. No es fácil que se pongan de acuerdo, pero con el sistema de las rotaciones cada uno acepta lo que toca en suerte, porque en la próxima le toca a los otros. Tienen buena memoria y eso ya es un gran paso en la convivencia.

El espacio que nos toca es reducido. Somos familia numerosa. No suele ser fácil ubicarnos a nosotros cinco pero con una cuota de humor nos acomodamos siempre a las circunstancias.

En la mesa de al lado hay nueve jóvenes, de voces fuertes y graves. En la otra mesa gente mayor, dos hombres grandes y una mujer. En la nuestra, dos adolescentes, el padre y nosotras dos, mi hija y yo. Diría que hay una gran mayoría de hombres pero eso no nos intimida a pesar de los ojitos asombrados de la pequeña. No se puede evitar escuchar (aunque sea a medias) las conversaciones de quienes están en las otras mesas. Las risas son estruendosas y nosotros debemos repetir varias veces las cosas para escucharnos.

En la mesa de los jóvenes se habla de los que tienen novias y los que no. Le presto atención a mi familia así que no sé qué más mencionan (no soy una vieja chusma, su conversación y risas invaden todo el espacio). Llega nuestra comida. Hay una cierta calma en casi todas las mesas. Y de pronto, uno de los jóvenes dice “yo no quiero novia porque las mujeres cuando se casan…” No puedo evitarlo. Levanto mi mirada que se cruza con la del amigo que lo codea y le hace señas que lo escuché. Abre los ojos y baja la voz. No supe ni quiero saber lo que piensa. Puedo intuir, especular, fantasear, inventar lo que piensa sobre las mujeres casadas. Pero no puedo negar que me incomodó.

No debería importarme lo que piensa un joven sobre las mujeres casadas o, si? No debería ser tan curiosa, no? Pero el codazo de su amigo para que bajara la voz o se callara se me figuró como una señal de alarma… Qué habrá sido lo que se debía callar para que no lo pudiera decir o yo no lo pudiera escuchar.

Exagerada, sensible, curiosa o chusma. Mujer con la sensibilidad a flor de piel prestando atención a cómo se mueve un mundo masculino. No le hubiera prestado atención ni daría vueltas en mi cabeza esta anécdota si no hubiera estado conmigo mi hija.

Catorce hombres compartiendo ese espacio con 3 mujeres. Se silenció. Se calló. Qué tan grave podría haber sido su comentario para auto censurarse. Fantaseo…habrá querido decir que cuando las mujeres nos casamos, engordamos, nos abandonamos, nos desinteresamos de algunas cosas, nos autoboicoteamos, ¿envejecemos más rápido…? ¿Esa será la imagen que tiene él como tantos otros sobre nosotras las mujeres? No debería importarnos en absoluto. A mí no me importa en absoluto. Pero somos una sociedad dependiente de la imagen. Una sociedad con estructuras y moldes estéticos que apuntan siempre a la conservación de la apariencia.

Leo a Isabel Allende en su último libro “Mujeres del alma mía” y observo que hace un elogio a la vida de muchas mujeres que aspiran a llegar al final haciendo cosas y disfrutándolas a pesar de las limitaciones que comienzan a aparecer con el paso de los años. Y me identifico con ella. Con su humor sobre las cosas triviales. Con su rebeldía (¿será este un ingrediente para no tener idea de cuántos años tengo y cómo soy como mujer casada?).

Se me ablanda el corazón y pienso que estos jóvenes son muy jóvenes y podrían ser mis hijos y cuando pretenden hablar con autoridad sobre mujeres, aún les falta una materia que se llama experiencia y otra, prudencia. Y de eso sí, que sabemos mucho las mujeres cuando nos casamos.

¿Qué se gana cuando se pierde?

Andrea Vargas nos trae una nueva experiencia de “En Primera Persona”; esta vez relacionada cien por ciento a su rol docente en el actual contexto de pandemia, donde no todo está contenido.

M. entra a la librería. Sus ojos brillan y se acerca decidida a darme un abrazo. “¿Puedo?” Y le digo que sí, que puede. Me abraza fuerte y ahí nomás me larga. “Extraño el colegio y la extraño a usted.”

De los más de 100 alumnos que tengo en el secundario, es la primera adolescente que me cruzo después del 16 de marzo. Me buscó porque tenía unas dudas para resolver. Me encontró y pudimos aclarar quiénes son los famosos “señores” que menciona el Quijote.

Se quedó a charlar un rato y me contó que no le gustó estar tanto tiempo en su casa. Que quería estar en el cole para pelear con sus compañeros, volver a amigarse, contarse cosas, no hacer algunas otras en el aula, bromear o aburrirse con algunos colegas (por qué no, en mi hora).

Fue muy crítica con lo que hicimos este año los profesores. Para ella no hubo clases, porque le faltó el aula, el recreo y las explicaciones y las miles de veces que decimos las cosas para que las comprendan. Y coincido con ella. No me rasgo las vestiduras.

F., otra alumna del nivel superior, adulta (más grande que yo en edad), unos minutos después de charlar y abrazar a M. y luego de la nota que le puse, se desahogó en un mail con amenazas porque no estaba de acuerdo con mi evaluación. Se sintió abandonada. No me rasgo las vestiduras. Nunca hubo contacto. Sólo mensajes siempre reclamando cómo iban a acreditar. Es lógico.

Las dos caras casi iguales y diferentes. Pero en este momento, quien pone la cara completa con nombre y apellido somos los docentes. Los funcionarios desaparecen detrás de sus escritorios y sus faltas de ideas. El reclamo, el dedo acusador, la queja, el no perdonar ningún error cae sobre cada uno de nosotros. Nunca hubo un plan alfabetizador para esta circunstancia.

Y esta bola de nieve que se fue haciendo entre pdf, zoom, meet, planillas, logrado, no logrado, vinculado, no vinculado… Mañana seguro habrá otra manera de llamar esto que ni el esfuerzo individual de algunos puede ya sostener, nos llevó a todos puestos.

No hubo un plan… Porque el ministro ya había dejado por sentado que nadie iba a repetir el año allá por mayo. ¿Quién le discute a un ministro? Si tuviera que ponerle un nombre a este año, le pondría “2020: el año del que hagan lo que puedan”.

M., con 15 años me dijo “profe, sólo hicimos lo que nos pidieron: responder trabajos para cumplir”. Sé que debe haber honrosas excepciones (en las cuales no me incluyo) que pudieron “dar” clases (no sientan estas palabras para ustedes).

Me quedo en la falta de visión de un plan alfabetizador sabiendo de entrada las grandes diferencias y dificultades y falencias que revela siempre el sistema educativo. Es muy peligroso dejar librado a nuestra buena voluntad lo que teníamos que hacer con los alumnos porque alfabetizar tiene como prioridad garantizar ingreso y permanencia del estudiante a través de un proyecto que comprenda la contingencia.

Sabiendo que hay disparidades pedagógicas y didácticas (y humanitarias) entre nosotros, hubiera venido muy bien una línea de trabajo que contemplara oportunamente la lectura, la comprensión y la producción textual y la resolución de situaciones problemáticas. Pero, solamente se preocuparon por mantener las planillas completas…si los chicos aprendieron algo, lo veremos el año que viene. Si a los docentes nos preguntaron por nuestro bienestar…lo dejamos ahí.

M. vino esta mañana a confirmármelo (también escucho a mis hijos, pero como sé que parecen un poco a mí, no tienen crédito en este texto), “profe, ojalá el año que viene nos puedan explicar mejor las cosas. Yo no entendí mucho algunas materias. Sabe, usted es la primera profe a quien le pregunto algo porque no me animaba…”

Dentro de los marcos teóricos de la alfabetización hay un pilar fundamental que tiene que ver con el contexto socioafectivo de los alumnos que recibimos y de los modos que debemos ejercer para permitir que ellos se acerquen.

Si hay una deuda este año, es con todas las M. que no se animaron a encender su pantallas, a consultar por temor a molestar, perderse en la desorganización. La deuda es con todos los que se sintieron abandonados, alumnos y docentes porque aún no apareció nada que reemplace el aula.

¿Qué perdimos? Mucho. ¿Qué ganamos? La oportunidad de poder decir que hay cosas en la escuela que no pueden seguir igual.

Los docentes y sus emociones, ¿también entre paréntesis?

De pronto la escuela se metió en casa. Alteró la vida cotidiana. En un living convivían tres clases diferentes y una madre dividida entre sus ocho cursos, sus tres hijos, su casa y sus proyectos.

POR ANDREA VARGAS

Lunes 16 de marzo de 2020. Tema: la cuarentena. El domingo anterior fue el último encuentro familiar que no dependió de medidas o prohibiciones. Escuchamos con expectativa lo que se venía. Quedamos mudos cuando nos dijeron ese domingo que el lunes 16 no se abrían las escuelas. Hubo festejo. Las vacaciones por fin se extendían. Los útiles iban a esperar un par de semanas más.

Teníamos un tiempo extra para terminar de definir cosas para el resto del año. Pero algo no estaba bien. No se percibía bien. Los edificios escolares se cerraron y la gente creyó que se podía seguir igual, como si nada. Hubo un apuro innecesario para que los alumnos no perdieran clases y no sintieran que iban a estar un tiempo ociosos y desocupados.

El apuro, siempre el apuro. Todo sobre la marcha. Improvisando. Se empezó a escuchar “hagan lo que puedan”…”después vemos cómo juntamos estas piezas”. Y quedó al desnudo nuestra tarea docente, el sistema y la fragilidad de las emociones que a muchos no les importó que existieran. Las casillas de correo se llenaron de invitaciones para participar de charlas, conversatorios, talleres, cursos dónde al final todos decían “no estamos preparados para esto. Es una construcción que se hace día a día.”

Y de pronto, la escuela se metió en casa. Alteró la vida cotidiana. En un living convivían tres clases diferentes y una madre dividida entre sus ocho cursos, sus tres hijos, su casa, sus proyectos. Alumnos pidiendo consejos, contando sus tristezas. La realidad más descarnada entraba a mi living y se sentaba sin pedir permiso.

Mientras tanto, colegas luchando a destajo y sin contemplaciones para dar el programa como si estuvieran en el aula. “Están todo el día al vicio en la casa” “¿Cómo no van a poder hacer lo que les pido?” Y, como la frutilla que le faltaba a nuestra torta, la falta de conectividad. Las prioridades. Familias que empezaron a perder sus trabajos…pero los chicos y lo no tan chicos lo único que debían hacer era cumplir su rol de estudiante.

Los chicos y lo no tan chicos antes de entrar en las escuelas son personas y conviven con otros. Se nutren de otras vidas y la escuela no es el centro. Es parte de las muchas miradas que tenemos sobre ellos. El encierro. La falta de encuentro con sus pares, con sus afectos cómplices, con los abrazos se fueron traduciendo en enojos, en tristezas, en silencios largos, en pesadillas.

Se suele hablar en pedagogía que el tiempo escolar es un paréntesis en la vida diaria, cotidiana de cualquier ser humano. En ese tiempo “hacemos de alumno y/o maestro”. Por eso es muy común decir que afuera de ese tiempo escolar existe una vida.

La cuestión es que los espacios y los tiempos se mezclaron. Se corrieron los límites de la intimidad; en aquellos hogares con niños y adolescentes también ingresaron las familias a la casa del docente. Vimos niños llorando, padres soplando respuestas detrás de las pantallas, comentarios inapropiados, cámaras apagadas y abandono de la clase…como si todo valiera igual.

Se discute, se sigue discutiendo sobre el contrato pedagógico y sobre el modo de sostener al sistema educativo que en este momento nos enseñó en gran parte a ser más burocráticos que docentes en pandemia. Se nos agradece el esfuerzo pero no veo que haya proyecciones o planificaciones a futuro. ¿Seguiremos improvisando sobre la marcha? O, ¿tendremos pautas claras para avanzar con más confianza? ¿Qué pasará con esos colegas cuyas emociones están en crisis? ¿Habrá realmente un plan de emergencia por las dudas sigamos un tiempo más así?

A quienes me preguntan, desde el 16 de marzo hasta los primeros días de julio la pasé pésimo. Nunca había tiempo para aprender algo bueno y útil. Necesité las dos semanas de receso para aprender, para mí, para entender qué pasaba y para hacerme la idea de que esto se iba a extender hasta fin de año. Ese tiempo fue sagrado porque me permitió recuperar el orden y priorizar mi salud emocional. Cosa que no veo que se hable entre nosotros los docentes.

El costo emocional y mental que trae esto debe ser tenido en cuenta. No todos salimos de las tormentas con el mismo gusto…no se imaginan lo que me cuesta ignorar un mensaje de un alumno/a cerca de la medianoche. Y cuando lo hago, cargo con la culpa hasta que le respondo…vaya a saber en qué momento de la tormenta se encuentra.

Duelos: los que ya se fueron

No es un tema lindo. No agrada la muerte. Hay gente que evita los velorios porque argumenta que le hace mal. Pero hay un duelo que hacer. Un tiempo para acomodar la ausencia.

POR ANDREA VARGAS

Desde la vidriera veo a menudo los cortejos que llevan en su último viaje a los difuntos. El coche fúnebre recorre con lentitud esa cuadra. Y lo que siempre se repite son los abrazos, el consuelo de la mano acariciando una cabeza que se apoya en el pecho.

La mirada baja que solo recorre la vereda con el paso que mide la despedida en un tiempo largo, pesado. Los pocos que se animan a mostrar su rostro lloroso. Es un dolor que algunos viven en la intimidad y otros, lo muestran y lo hacen público.

Veo los que aún portan la costumbre de vestir de negro como una señal de respeto. Otros, que ya no reparan en esas cosas. Pero siempre presto atención a los rostros de los que se apoyan en la ventanilla de los autos mirando el cielo o más allá, quién sabe dónde.

A veces me ha tocado escuchar conversaciones que se dan en la vereda pero busco hacer otra cosa para no sentir que invado ese momento único que no me corresponde. Sin embargo, a veces son tan estridentes que entran sin permiso a la librería y parece que me obligaran a escucharlos. Como el de un hermano que intentaba convencer a su hermana que no se “gastara en llegar” porque ya había muerto…qué iba a ganar llegando en ese momento.

Estaba efusivo en sus argumentos. Giraba sobre sí con el celular en la mano y gesticulaba con la otra como abanicando el calor de esa hora. Le decía que no valía la pena…que se quedara en su casa, que no viniera.

Y me quedé pensando qué historias podría haber detrás de esas palabras. ¿Cómo habrá sido esa relación entre los hermanos y su padre o madre? ¿Por qué la insistencia por permanecer solo? ¿Extremo cuidado o un celo egoísta para ser el único en ser consolado?

No es un tema lindo. No agrada la muerte. Hay gente que evita los velorios porque argumenta que le hace mal. Pero hay un duelo que hacer. Un tiempo para acomodar la ausencia. A los afectos que he podido despedir, los recuerdo con mucho cariño. Y a los que por alguna causa no llegué a estar presente, un dejo de culpa me invade de vez en cuando.

Quizás por eso, esa charla telefónica entre dos hermanos en la calle, me hizo pensar en cada uno de mis familiares y amigos que se han ido yendo. Y qué significa esa despedida. Qué significa en la vida de esa persona poder llegar a tiempo para el último adiós. Claro que no agrada este tema. Nadie quiere que le hablen de la tristeza y el dolor. Pero son parte de nuestro día a día y un lugar tienen que tener para ser expresados.

Está ese miedo muy humano de no poder despedir a quien se quiere en este contexto. La soledad de los últimos días, de las últimas horas de aquellos que padecen el Covid-19. Flota y permanece ese dolor de los allegados que no pueden acompañar a quien lucha por sobrevivir. Y otra vez, el duelo… cómo se hará. ¿Se pide permiso? ¿Alguien debe autorizar o se siente con la suficiente autoridad para prohibir?

Queda, permanece la imagen de ese hombre diciéndole a su hermana que no valía la pena que viniera a despedir a la madre. ¿Podrá aprender ese hombre que no se puede prohibir el adiós? ¿Que el derrumbe interior es único, intransferible, incomparable?

Tuve un amigo hace muchos años, mayor él, que supo decirme con un dejo de nostalgia que desde su ateísmo envidiaba un poco mi creencia juvenil de que hay algo más allá de la muerte. No pude despedirme de él como hubiera querido. Recuerdo sí, que ese día salí de casa y me senté frente al Tajamar hasta que vinieron a buscarme porque ya era muy tarde. Nos separaban más de 200 kilómetros pero ese día lo sentí por acá cerca.

¿Podrá ese hombre aprender que otros puedan decir adiós?

En primera persona: experiencia con mi paciente con Covid-19

La docente altagraciense Andrea Vargas se suma al equipo de ALTA INFO, dando así su aporte desde lo escrito en cuestiones que nos transcienden como sociedad, de una u otra forma, en los tiempos actuales que corren.

Mi experiencia con mi paciente con Covid-19 – por andrea vargas

La fiebre no cede. Todos estamos pendientes. Se acortan las horas del sueño. Hay que hacer un alto en las actividades diarias. Avisar que se para por unos días.

No sería nada extraño. No debería serlo porque cuando una persona se enferma, hay que parar y cuidarla. Buscar ayuda si es urgente y esperar… ¿Será por eso que nos llamamos pacientes cuando nos enfermamos?

Estuvimos aislados porque nos tocó atravesar el diagnóstico positivo de Covid-19. Sí, ese que llaman el “bicho”. Ese que muchos niegan. Ese que muchos desafían creyendo que son blindados como los tanques de guerra.

El virus existe. Ingresa a tu cuerpo, se instala y puede hacer estragos. Yo no soy doctora. Soy de manual, como dicen mis hijos. Si veo que alguien en mi casa tiene fiebre ahí nomás consulto a mis doctores de cabecera y hago caso porque una de mis frases que orientan mi norte es que la salud no se recicla. Hay que cuidarla. Y hay que cuidarse. Y hay que cuidar a los otros.

Mi marido ya tiene el alta. Y él en esta historia no tiene reemplazo ni para mí, ni para mis hijos. Si lo entendemos desde esa óptica podemos hacer un ejercicio basado en la responsabilidad: usar barbijo frente a otros mientras dure esto, lavarnos las manos, usar alcohol y mantener algo de distancia porque ni vos ni yo sabemos cuánto daño le podemos hacer a otro.

Si no tuviera un local comercial (librería) no hubiera tenido jamás la necesidad de publicar esta experiencia pero me sentí responsable para cuidar a otros (exceso de maternidad, dirían algunos alumnos). Si no hiciera atención al público, me hubiera guardado en casa y nadie se hubiera enterado. Pero tomamos esta decisión de comunicarlo a pesar de los comentarios de barrio.

Sin embargo, cuando sos testigo de la enfermedad, creeme que lo único que te importa es que nadie más se contagie. No se duerme más que cinco o seis horas porque la cabeza revisa todo y quiere controlar que no falle ningún cuidado. Y eso que apenas yo soy su compañera y debía atenderlo a él y tuve ayuda y tuve todo lo que necesitaba.

¿Vos te pusiste a pensar la cantidad de horas y días que la gente de salud hace eso por vos y a gran escala y sin las comodidades de su casa? Nuestro profundo agradecimiento al personal del Hospital y Salud Pública quienes nos atendieron y nos contuvieron con el seguimiento telefónico.

Valoro mucho el esfuerzo que hacen por cuidarnos porque se enferman, se cansan, se angustian y siguen, aunque haya un montón de ignorantes e irresponsables que creen que desde su canchereada el virus les va a sobar la espalda y les va a decir “con vos no me meto porque sos groso, sos piola.”

No me especializo en temas de salud. Me baso muchas veces en la experiencia, en la observación de conductas y actitudes y por eso a veces me atrevo a comentar algo. Aprendo todos los días. Me sorprendo cada minuto y me hago miles de preguntas. Ya llegará el momento de seguir entre esas líneas.

Hoy quería agradecer a todo los que con mucho cariño (conocidos y no tanto) escribieron ofreciendo su ayuda, su preocupación, su oración, su palabra de aliento. Nunca me sentí sola pero en la intimidad del hogar, hay momentos que se deben fortalecer para acompañar mejor a quien es parte necesaria de mi vida.

Agradezco. Ahora, hoy, es un alivio el certificado del alta. Y es decepcionante la actitud de los desafiadores y negadores seriales. Los que estamos convencidos de que debemos seguir con el cuidado, sigásmolo haciendo. Una vieja monja que ya no está, solía decirme cuando era chica, “de tanto insistir con este machaque, algo va a aprender”: barbijo, alcohol, distanciamiento y limpieza…tan difícil es?