Dolor por el fallecimiento del médico Horacio Villada

El reconocido pediatra cordobés falleció este lunes 19, a sus 88 años de edad. “El Negro” fue un modelo de los médicos jóvenes, quienes dicen que “les enseñó a abrir la mirada” a la hora de ejercer la profesión.

Este lunes 19 de abril, desde la redacción del presente medio periodístico, conocimos la triste noticia de que Horacio Villada Achával había fallecido a sus 88 años de edad.

Horacio fue un reconocido médico pediatra cordobés, a punto de tener estatura de leyenda. Formó a profesionales de la especialidad en el Hospital de Niños, en el Hospital Privado y en el Sanatorio Allende; siendo su gran pasión, el enfoque de la medicina con la familia.

A razón de su enorme y rica experiencia como médico, son muchos los pacientes que han pasado por su cuidado, diagnóstico o cual sea la situación; incluyendo esto al Departamento Santa María. Por una parte, porque más de un habitante de la región se ha llegado a la ciudad capital, por diversas razones, a hacer atender a sus hijos por el reconocido pediatra. Y en otro aspecto, por su sentido de pertenencia a la localidad de San Clemente, ya que al igual que otros capitalinos, eligió este bello sitio de Paravachasca como su lugar de descanso.

Compartimos a continuación parte de una nota realizada por el medio La Voz a Horacio, en el año 2018.

Horacio Villada Achával: “El amor es más importante para la salud que los antibióticos”

Horacio Villada Achával afirma sin temor a equivocarse que el Hospital de Niños de la Santísima Trinidad, de la ciudad de Córdoba, es su vida.

En ese establecimiento público ejerció la pediatría durante 27 años. Ingresó por concurso en 1967 y, en 1994, “lo jubilaron por un decreto político”, dice mordiéndose, apenas, la comisura de los labios.

En el edificio de Entre Ríos y Tránsito Cáceres de Allende (donde funcionó el policlínico infantil desde su inauguración, en 1894, hasta su traslado a la Bajada Pucará, en 2000) comprobó que “el amor es más importante para mantener la salud, o curar una enfermedad, que una vacuna o un antibiótico”.

Ya sospechaba de ese principio sanador desde la época de médico residente en el hospital Misericordia, adonde lo llevaba casi todos los días en motoneta Marcelo Ferreira Videla, un amigo de la familia y a quien considera su maestro dilecto en el arte de curar. También fue residente en el hospital Rawson.

En el sanatorio estatal de barrio Güemes, a pasos de un recodo de La Cañada, atendió a mujeres con tuberculosis.

“Los fines de semana, las madres internadas recibían la visita de sus hijos. Se asomaban por la ventana del primer piso para saludarlos, a la distancia; era la única manera que tenían de verlos. ¡Tremendo para ellas y para los chicos!”, recuerda con dolor.

Esa escena recurrente le traía desde el fondo de la memoria imágenes de su infancia en Cosquín. Es que el bacilo maldito infectó los pulmones de Ramona Rivero Nores, su mamá, cuando él (cuarto de cinco hermanos) tenía apenas dos años.

La mujer se mudó con todos los chicos a una casa al pie del cerro Pan de Azúcar con la esperanza de que la pureza del aire serrano y las exposiciones matinales al sol expulsaran de su cuerpo a las bacterias.

Entonces existía la creencia de que el buen clima del Valle de Punilla ofrecía recursos terapéuticos eficaces en la lucha contra las disfunciones respiratorias.

Luis Villada Achával, el jefe de la familia, se quedó a trabajar en Córdoba. Era médico urólogo y profesor de Ciencias Naturales y de Anatomía y Fisiología en el Colegio Nacional de Monserrat.

Recuerdos inmensos

Horacio “el Negro” Villada cierra los ojos y se ve, con cinco años, sentado en el umbral del dormitorio de su mamá contándole lo que había aprendido en la escuela fiscal de Cosquín, donde cursó el primer grado; ella lo escucha con atención, desde la cama. Está recostada y, cada tanto, hace disparos al aire de tos seca.

“Aquellos niños del Misericordia crecían sin el abrazo materno. Me conmovían porque, de alguna manera, su historia era mi propia historia”, plantea.

La experiencia terminó de definir su vocación de pediatra y le planteó el desafío de trabajar, desde la ciencia médica, “para romper el tan temido aislamiento entre el paciente, sus afectos y el médico”, comenta.

“Advertí que los aspectos emocionales, sociales y culturales eran sumamente determinantes en la salud de una persona, algo que los médicos no teníamos demasiado en cuenta en los hospitales”, apunta. Y completa: “El enfoque de la medicina con la familia fue mi gran pasión desde entonces”.

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