Realidad vs expectativa: a pelear contra los molinos de viento

Volver a la escuela es un riesgo. Los molinos acechan, despiadados pero yo ya estoy montada en mi caballo. Iré despacio, midiendo el tranco. Tengo miedo, pero no por el encuentro con mis polluelos, sino por la salud.
POR ANDREA VARGAS

Entiendo cada argumento y explicación de todos los especialistas sobre salud y educación sobre cuidados. Comprendo esa ansiedad (a veces distorsionada) de familias que presionan para que sus hijos estén sentados en un aula.

Sí, me pongo en varios lugares y voy decidiendo dónde quedarme un rato más o de dónde salir huyendo. Junto mis pedazos 2020 y trato de armarme para este 2021. Tengo esperanza, jamás la he perdido.

Extraño el aula y esos ojos asombrados, dolientes, risueños, indiferentes, pícaros, atentos pero siempre adolescentes. Reviso qué les puedo acercar que les guste, que los inquiete, los desafíe.

Guardo y planifico mientras cuelgo la ropa, cocino, en los tiempos muertos de la librería…me voy envalentonando y calibro mis orejas para poder escucharlos (con el barbijo puesto se me va a dificultar un poco y lo peor es que soy de las que se bajan el propio creyendo que voy a escuchar mejor).

Levanto mi armadura, desempolvo mis libros en forma de bayoneta esperando tocar el corazón de alguien, me visto de Quijote porque me alimento de sueños y palabras.

Preparo mi vida y me siento capaz de derrotar cada uno de los molinos de viento (aunque sé cómo termina ese episodio)…terca también en el avance. Pero se cuela en esta historia un evento sorpresa.

Mi Sancho, mi sabio realista, el que siempre ha estado con su consejo y su cuidado. En medio del alboroto con tanta expectativa puesta en el regreso, mi padre que lo único que me dice es “cuidate mucho y cuida esos alumnos”. Se me desarma la armadura.

Volver a la escuela es un riesgo. Los molinos acechan, despiadados pero yo ya estoy montada en mi caballo… iré despacio, midiendo el tranco.

Tengo miedo, pero no por el encuentro con mis polluelos, sino por la salud (“el que se quema con leche cuando ve una vaca llora”, imagino que diría Sancho), para qué lo voy a negar. Por eso la armadura… pesa. Como cualquier caballero andante, en este caso sería una dama andante, la Dama de Azul, me encomiendo a Dios y a todos sus santos. El lunes, con el primer rayo de sol saldré a ver qué cara tienen los molinos de viento.

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