¿Esenciales, necesarios, imprescindibles o inmortales?

Salud y educación son vistos como servicios esenciales, pero no justifican la muerte heroica al estilo película pochoclera. No me veo en ese rol ni me interesa tampoco ver a colegas y personal de salud en esas escenas.
POR ANDREA VARGAS

Dije que no iba a leer comentarios estúpidos sobre nuestro trabajo docente y sobre nuestra presencialidad, pero es inevitable detenerse en algunos. Ante el pedido del cese de clases presenciales, una mujer opina que si morimos dando clases es parte de nuestra vocación morir en servicio al igual que los médicos que saben de antemano que es el riesgo que corren al atender enfermos. ¿Por qué la traigo a cuenta? Porque para mí resume la idea social del individualismo más rancio. Idea peligrosa que se va abonando para que salte hacia lugares impredecibles de violencia y autodestrucción. Ella agrega además que como comerciante sabe que le puede pasar lo mismo, pero si se muere un comerciante por contagio, hay que seguir trabajando. Es interesante detenerse en sus palabras y analizarlas con la cabeza bien fría. De modo personal me desagrada y mucho y no quisiera conocerla. Pero me despierta curiosidad y la necesidad de volver a hablar de abandono por parte del estado en todos sus niveles.

Salud y educación son vistos como servicios esenciales, pero no justifican la muerte heroica al estilo película pochoclera (no me veo en ese rol ni me interesa tampoco ver a colegas y personal de salud en esas escenas). Como servicios “ella” en algún momento los habrá usado, pero qué experiencia habrá tenido para mostrar tanto desprecio por la vida de otros…la verdad, mi verdad es que no estoy tranquila yendo de una escuela a otra en medio de rumores, secretos guardados, informaciones negadas y ausencias que preocupan…y le sumamos en estas semanas la necedad incurable de quienes deberían cuidarnos y no lo hacen.

Lo que está en juego en este momento es la salud. No hay discusión. Pero no sólo la salud del cuerpo sino también la salud mental. Y a esta última la cuidamos en parte con los mensajes que aceptamos o rechazamos porque de esos mensajes tremendos y lamentables el alma o el espíritu se llena e influye en las emociones que ponemos en juego en la vida diaria.

Observo con respeto y con mucha tristeza lo que opinan otros. Respeto porque es alguien que hace uso de su derecho a la palabra pero tristeza cuando la finalidad que trasluce es la violencia y la sordera de quien no puede o no sabe escuchar.

Hay un término que nos hace pensar en esas opiniones que no son inocentes: la palabra esencial. Intuyo porque no tengo la prueba concreta de que quien ingresó con esos comentarios buscaba instalar en este debate que luego se cristalizó después del anuncio presidencial y la publicación del decreto del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, que la presencia en las aulas es esencial…puede ser. No lo estaría corroborando en estos momentos porque desde que empezamos el ciclo lectivo, ya he pasado por varias experiencias en la bimodalidad. Y, si bien es cierto que el vínculo humano es parte de nuestro trabajo semanal, en esta circunstancia es muy estresante. Y no lo digo por los niños y los adolescentes que en su gran mayoría (el 99,99%) son un ejemplo a destacar con nuestra guía y la de algunos padres…lo digo por los discursos armados detrás de los escritorios y que van marcando en forma errática un plan para actuar con responsabilidad.

Todo esto vuelve a mostrar la escasa empatía de muchos adultos que no pueden o no han aprendido a ver más allá de sus ombligos. O, en el peor de los casos, la malicia de algunos escondidos en falsos perfiles para poner en escena decires u opiniones que estarían avalando estas medidas tremendas y gozando al ver cómo se enciende la mecha de la destrucción de lo poco que va quedando como refugio de la cordura.

A mis alumnos siempre les digo que ningún emisor es inocente al expresar su mensaje…todos tenemos intenciones más o menos claras al aportar nuestras palabras. Como receptores estemos atentos y aprendamos a leer cuando alguien busca destruir o construir desde su propio lenguaje. No me considero esencial, sí, mi salud.

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